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Crónica de Barro y Gloria: El Trono de Les Praeres

 El cielo asturiano se desplomó ayer sobre la tierra como un presagio. En la corta pero feroz distancia de 106 kilómetros hasta el muro de Les Praeres, no se disputaba solo una etapa; se celebraba un rito de paso entre dos eras. Bajo una lluvia torrencial que convertía el asfalto en un espejo oscuro y traicionero, el ciclismo abandonó la táctica del ajedrez para adentrarse en el reino de la épica pura. Allí, donde la gravedad se vuelve un enemigo personal, vimos emerger la figura de Anna van der Breggen. A sus 36 años, la Reina no pedaleaba: dictaba una sentencia. Con esa concentración monacal que la caracteriza, ajena al estruendo del agua y al jadeo de sus rivales, Anna impuso un ritmo demoledor. No hubo ataques furibundos ni gestos para la galería; fue una demolición silenciosa y constante. Mientras Kasia Niewiadoma cedía ante el empuje de la veterana, el mundo comprendió que Van der Breggen no ha regresado para ser escolta, sino para reclamar la corona que nunca dejó de pertene...

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